David es ungido rey

 Cuando hablamos de David siendo ungido como rey, es fácil pensar que se trata de una historia antigua sobre política, poder o guerra. Pero desde una perspectiva judía, esta escena es mucho más profunda y mucho más personal. No es una historia solo sobre un rey, sino sobre el crecimiento de una persona, sobre el tiempo correcto y sobre cómo Dios ve a los seres humanos de una manera muy distinta a como nos vemos entre nosotros.

En el momento en que David es ungido, no es nadie importante. No es famoso, no es fuerte a los ojos de los demás y ni siquiera está presente cuando Samuel llega a la casa de su padre. Está cuidando ovejas, haciendo el trabajo silencioso que nadie valora demasiado. En la tradición judía, eso ya nos dice algo clave: Dios presta atención a lo que sucede lejos del escenario principal. El carácter se forma cuando nadie está mirando.

Samuel, el profeta, llega con la misión de ungir al próximo rey de Israel. Jesse presenta a sus hijos mayores, y todos parecen tener lo que hace falta. Son altos, seguros, con presencia. Incluso Samuel piensa por un momento que uno de ellos debe ser el elegido. Pero Dios lo detiene y le recuerda algo fundamental en el pensamiento judío: el ser humano mira las apariencias, pero Dios mira el corazón. Y cuando la Torá habla del corazón, no se refiere solo a sentimientos, sino a intención, ética y dirección interior.

Cuando finalmente llaman a David, él no entra como alguien que espera ser elegido. Entra como un joven sencillo, probablemente sorprendido de estar ahí. Y aun así, es él a quien Samuel unge con aceite. La unción es discreta, casi íntima. No hay anuncio público, no hay aplausos. El aceite representa potencial, no poder inmediato. Y esto es muy importante en el judaísmo: ser elegido no significa que todo cambie de golpe. David vuelve al campo, vuelve a las ovejas. La vida sigue igual, pero algo interno ha comenzado.

Desde la tradición judía, el tiempo que David pasa como pastor no es un detalle menor. Cuidar ovejas requiere paciencia, atención y compasión. Un pastor guía, protege y responde cuando una se pierde. Ese tipo de liderazgo es exactamente lo que Dios busca. No alguien que domine, sino alguien que cuide. Antes de gobernar personas, David aprende a responsabilizarse por seres vulnerables.

Algo que muchas personas pasan por alto es que David no corre a reclamar el trono. Aunque ya ha sido ungido, respeta al rey Saúl. Incluso cuando Saúl actúa mal y se vuelve una amenaza, David se niega a hacerle daño. En el pensamiento judío, esto muestra una comprensión profunda del poder. La autoridad no se toma por la fuerza, se recibe con humildad y en el momento adecuado. David entiende que si Dios lo eligió, Dios también se encargará del proceso.

Para quienes recién se acercan a estas historias, es importante saber que el judaísmo no presenta a David como un personaje perfecto. Más adelante comete errores serios, y el texto no los oculta. Pero justamente por eso David es tan significativo. Su grandeza no está en no fallar, sino en asumir responsabilidad, arrepentirse y volver al camino correcto. Esa capacidad de regresar, de hacer teshuvá, es uno de los valores centrales del judaísmo.

La unción de David nos enseña también sobre la humildad. A lo largo de su vida, David se ve a sí mismo como pequeño frente a Dios. No se engrandece por haber sido elegido. Al contrario, entiende que cuanto más alto es el rol, mayor es la responsabilidad. El liderazgo, desde esta mirada, es servicio.

Para la vida diaria, esta historia habla a cualquiera que se sienta ignorado, subestimado o atrapado en una etapa que parece no llevar a ningún lado. Desde la perspectiva judía, no hay momentos perdidos. Todo forma parte de la preparación. Dios puede estar trabajando en silencio, formando el corazón, mucho antes de que algo sea visible.

Al final, David siendo ungido rey no es solo un episodio histórico. Es una lección espiritual. Nos recuerda que Dios no elige según apariencias, que el crecimiento lleva tiempo y que lo más importante sucede en el interior. La pregunta que deja esta historia no es cuándo llegará nuestro momento, sino quiénes estamos siendo mientras esperamos.

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